lunes, 19 de septiembre de 2011

Juan Bobo


Este cuento es común escucharlo entre los montubios ecuatorianos. Los Montubios son una etnia social ubicada en la costa del Ecuador. Son una cultura mestiza proveniente de las mezclas de diferentes etnias raciales tales como los negros, indios y blancos. Es por esto que su aspecto físico es muy diverso, de piel clara, cobriza, con evidentes muestras de ascendencia mulata, negra y chola. 
Los montubios montan caballo, burros o yeguas y usan sombreros; se sustentan de la agricultura. Uno de los elemento más importantes de su cultura es la Oralidad. ¿Han escuchado alguna vez un Amorfino? Pues el amorfino pertenece a la oralidad montubia, y expresa principalmente la cosmovisión del mundo montubio. 

En nuestro país hoy en día hay una campaña de rescate de la oralidad montubia, se está tratando de dar a conocer esta cultura y educar a los jóvenes enseñándoles a respetar esta etnia centenaria; gracias al apoyo de la Prefectura del Guayas, el Archivo Histórico del Guayas y otras entidades muchos historiadores han podido publicar excelentes obras literarias sobre los Montubios. 


Bueno, ahora si, continuando con la narración... 


Esta es la historia de Juan el Bobo y les va a demostrar que o siempre el más “vivo” sale ganando.
Resulta que Juan el Bobo, un joven campesino que a duras penas había terminado la escuela, encontró trabajo con el sacerdote del pueblo, famoso por su inteligencia y carácter bromista.

Una tarde el gordo sacerdote, cansado de la lentitud de su nuevo sacristán  decidió empezar a tomarle el pelo. Era domingo, después de misa y pensó que Juan Bobo era el único que iba a aceptar quedarse a trabajar para servirle en la gran reunión que tendría con unos poderosos señores de la parroquia.
Por la tarde cuando estaban conversando el cura llamó a Juan Bobo, que lento como siempre se presentó después de un largo rato diciendo:
-¿Qué desea, padrecito?
- Yo no soy padrecito – le contestó- yo me llamo Cruzdinero.

Todos rieron del comentario y Juan Bobo repitió: -Está bien, señor Cruzdinero-. Como la broma le empezó a gustar al sacerdote lo envió a que le arreglara el “potestate”, orden que el pobre Juan Bobo no sabía como cumplir. Conteniendo la risa, el cura mostró que “potestate” era su santa cama. Luego le preguntó cómo se llamaba eso que llevaba puesto y el sacristán le contestó que eran pantalones. Muy serio el cura lo corrigió diciéndole que aquello no eran pantalones si no “garabitates”. La cara de Juan provocó la primera carcajada del grupo, que rió aún más cuando Juan repitió, tomándose los pantalones con las manos, “garabitates”. Tanta gracia les causó que el cura continuó con la broma y esta vez le preguntó, cómo se lama eso que llevas en los pues. Eso sí sé, pensó Juan y contestó, ¡Sandalias! Claro que no, fue la respuesta que obtuvo. ¿Cuáles sandalias? Eso se llama, “chirimires”, dijo el cura mientras mordía un pedazo de jamón tratando de aguantarse la risa.

Sus amigos se carcajeaban viendo cómo Juan se miraba sus viejas sandalias y repetía “chirimires”. No contentos con eso, le señalaron al confundido campesino a un gato. Eso es un gato aquí y en el recinto de al lado, respondió. Nooooooo, le contestaron, agregando que era un total ignorante. Eso se llama “paparasgate”. Repite, le ordenaron, y así lo hizo Juan Bobo: “paparasgate”.
Así continuó la reunión entre risas y comida. Has que aburridos, volvieron a llamar a Juan Bobo, el sacristán, para pedirle que les traíga un poco de “clarancia”. Pobre Juan, tenía la cara de estar totalmente perdido. Entre risotadas todos le señalaron el agua que había en una batea… ¡Ah!, dijo él, eso se llama agua.   ¡No, estúpido! Le contestó, bastante enojado el cura… Repite, eso se llama “clarancia”. Sumiso, Juan mientras les servía el agua, repitió, “clarancia”.

La cosa no quedó allí, le señalaron después el sembrío de cacao, insistiéndole que se llamaba “bitoque”. Lo mismo con el burro, que le dijeron era un “filitroque”. Los chorizos que se asaban sobre el fogón, le dijeron eran “filitraca”. Juan Bobo de lo más inocente repetía todos estos extraños nombres con que el burlón sacerdote bautizaba a las cosas con las que él trabajaba a diario.
Antes de caer dormido y totalmente borracho con el vino de la sacristía, el pesado bromista, le ordenó decir el nombre de aquello que cocinaba las carnes… ¡Ah, fuego!, gritó un poco cansado Juan. Con una última carcajada le hicieron repetir que aquello se llamaba “alumbrancia”. “Alumbrancia”, repitió Juan mientras el padrecito empezaba a roncar plácidamente.

El sol se estaba poniendo y todo parecía transcurrir en calma, Juan Bobo, el sacristán, sumiso y trabajador como era, estaba limpiando los destrozos de la fiesta, rezongando escoba en mano, cuando de pronto vio cómo el gato al intentar robarse del fogón un chorizo le cayó una brasa sobre el cuerpo, prendiéndose de inmediato sus pelos. El animal corrió como alma que lleva el diablo y se metió por las matas de cacao y Juan Bobo, que dicen que era bobo, pero sabía mucho del campo, se dio cuenta de lo que podía pasar con esa bolita de fuego en medio del monte. Así que se fue corriendo a despertar al cura y muy alarmado le dijo estas palabras:

-       Levántate Cruzdinero, acostado en potestate ponte los chirimires y también las garabitates, que paparasgate le prendió alumbrancia y si no corre a traer clarancia se le quema el bitoque. Yo me voy en filitroque y me llevo la filitraca.

Juan Bobo agarró su burrito, todos los chorizos  y carnes que quedaban y se fue de lo más contento por el camino real. Dicen que cuando el cura se dio cuenta de lo que pasaba, todita la casa parroquial se le había quemado y la risa y las ganas de burlarse del más débil se le fueron para siempre. 




Fuente: Marco Antonio Rodríguez Zambrano , del cantón Salitre, Guayas. 
Extraído:  "Cuentos y Tradiciones Orales del Ecuador" - Angela Arboleda

miércoles, 7 de septiembre de 2011

El Tsáchila que se convirtió en Sol

Chicos! En verdad los hemos extrañado en todo este tiempo, finalmente hemos terminado nuestro semestre universitario así que a partir de esta semana estaremos retomando cada uno nuestra labor en D'Kultura  Estaré haciendo algo un poco diferente para este blog durante algún tiempo, encontré un hermoso libro que contiene los Cuentos y Tradiciones orales del Ecuador que me gustaría compartir con ustedes para que a su vez lo hagan con sus niños y de esta manera no se pierda la tradición oral de nuestro hermoso Ecuador.

El primer cuento q publicaremos se titula "El Tsáchila que se convirtió en Sol", y proviene de la Provincia de Pichincha


De enormes fauces, de ojos como rayos, con garras poderosísimas y un pelaje reluciente. Así dicen que era el Tigre de la Oscuridad y que un día que andaba furioso y hambriento se tragó de un solo bocado al sol.  ¿Se imaginan al mundo sin sol? Difícil, pero así fue que sucedió en tiempos antiguos. El mundo quedó en tinieblas, en total oscuridad, como cuando uno cierra los ojos con mucha fuerza. 

Los Tsáchilas que tenían sus casas en Santo Domingo, vivían así, en esa interminable noche y no hallaban qué hacer. Se tropezaban constantemente unos con otros y se la pasaban golpeados y adoloridos, así que prefirieron encerrarse en sus casas y no salir. No había cómo sembrar ni cazar y la comida se escaseaba. Más de una ocasión se escuchaban los gritos desesperados de los que eran atrapados por las fieras de la selva que se escondían entre las sombras. 

La luna confundida por la ausencia del sol, tampoco salía y eso era aún más grave porque ya no había cómo enamorarse con su luz. Los pájaros morían sin el amanecer y los ríos empezaron a secarse porque confundida la lluvia sin la guía de los astros celestes, tampoco caía. 

Angustiados los Tsáchilas decidieron hacer su propia luz e intentaron encender ramas y alumbrarse con su fuego, pero fue inutil. El copal ya no prendía y el palo de camacho sólo se encendía en manos de los ancianos que todavía guardaban las buenas costumbres. Pero ellos, los más débiles, pronto morían. Mientras tanto el Tigre de la Oscuridad con sus fauces bien abiertas se acercaba cada vez más a los atemorizados Tsáchilas. Sus pasos ya se escuchaban muy cerca de las casas. 

Viendo tanto desastre a los sabios ancianos se les ocurrió crear su propio sol. Los Chamanes se reunieron y pensaron que esto se podía lograr convirtiendo a un joven Tsáchila en el poderoso astro. 
El ayahuasca estaba lista, la mesa con sus piedras y la tarima para el rito ceremonial, también. El joven chamán, hijo de madre soltera, escogido para tan importante misión, estaba listo. Lo habían cubierto con hermosas vestiduras de algodón y una imponente corona dorada, sobre sus muñecas y tobillos relucían joyas de oro puro. Los demás chamanes continuaban cantando y bebiendo la ayahuasca. El joven que fue convidado con la chicha ceremonial empezó a llorar lágrimas luminosas; su rostro fue cubriéndose lentamente de una liz acuosa mientras se elevaba hacia el camino del sol que era todo de plata. Allí una hermosa mula construida hasta sus riendas y montura animal empezó a ascender hasta que lo perdieron de vista. 

Al día siguiente, al despertar todos esperaban la ansiada luz, pero lo que vieron fue un día nublado, con algo de claridad, pero aún sin sol. Así pasaron tres días tristes y sombríos. Al cuarto día su sorpresa fue total, apenas si podían abrir los ojos, una luz incandescente los quemaba y era casi imposible de aguantar. Ahí estaba el sol de nuevo, reinando en lo más alto, alcanzando con sus rayos a cada uno de los Tsáchilas. Hermoso en todo su esplendor, ahí estaba de nuevo, pero no lograban soportarlo. Recordaron entonces, los ancianos, que el joven que se convirtió en sol tenía dos ojos y que seguramente estaba alumbrando con los dos. Sería necesario que alumbrara sólo con uno. Así que lanzando una gran piedra hacia el cielo lograron su objetivo y pudieron por fin volver a disfrutar de las bondades del rey sol que ahora anda con un solo ojo. 

Las perdices
Dicen que en el cielo están colocados doce trampas para atrapar perdices y que en la última, en la duodécima, en la que los chamanes llaman la Curva del Sol, está sentado el Tigre de la Oscuridad con sus enormes fauces abiertas, esperando comerse al joven tsáchila si éste al pasar no le entrega sus perdices. Por eso el sol pasa rápido por ahí, lanza las perdices y sigue su camino. Pero cuentan que a veces el sol pasa por la primera trampa y no encuentran nada, llega a la segunda y tercera y en esas tampoco ha caído una perdiz. Cuando llega a la cuarta, quinta o sexta y no encuentran nada empieza a preocuparse. Le queda sólo la mitad de camino para encontrar perdices y si no el Tigre de la Oscuridad se lo tragará sin compasión dejando otra vez al mundo en tinieblas. Recorre la séptima, octava y novena y tampoco encuentra las presas que necesita. Pasa por la diez y la once y nada. Sólo queda una trampa por revisar, la que es su última esperanza y entonces angustiado el nuevo sol tsáchila empieza a llorar. 

Entre los Tsáchilas cuando llovizna cerca de las doce, se dice que el sol está llorando y que seguramente no ha encontrado perdices en las trampas y que teme morir entre los colmillos del Tigre de la Oscuridad. Dicen que hasta ahora el sol siempre ha logrado encontrar una perdiz aunque sea en la última trampa, justo antes de empezar a descender para que poco a poco la luna pueda salir y después iniciar su recorrido otra vez. 



Adaptado de: El Tsáchila que se convirtió en sol, basado en Calasacón
Recogido por Ruth Moya en: 
El recuerdo de los abuelos: literatura oral aborigen
Quito-Ecuador 1993